Tengo un hijo preadolescente que en pocos años comenzará a “salir a vagar”.
Ayer al retomar mis actividades periodísticas de inicio de semana, vi las redes inundadas de solicitudes de apoyo para localizar a tres jóvenes, que se decía habían acudido el sábado y domingo a las fiestas tradicionales y no habían regresado.
Como padre me aterré, al pensar el escenario en el que mi hijo saldrá de fiesta cuando su edad lo demande.
Y es que como periodista he sido testigo y he documentado el incremento de la desaparición de personas en el estado en los últimos años, en su mayoría jóvenes, tanto hombres, como mujeres.
También he documentado la constante localización de fosas clandestinas en los cinco municipios y veo con desesperanza cuando en los grupos de búsqueda, las fichas de los localizados muertos son re publicadas, con un moño negro cruzándolas.
He dado todo el espacio disponible en mi medio a los grupos de madres buscadoras, tanto a sus jornadas de búsqueda como a sus múltiples denuncias y manifestaciones por el abandono institucional que sufren.
Apenas hace unos días, el obispo de la iglesia católica en La Paz ofició una misa por los desaparecidos.
Para el medio día supe que familiares y amigos de uno de los jóvenes desaparecidos, habían bloqueado todas las vialidades de acceso/salida del Aeropuerto Internacional de San José del Cabo, con llanto y a gritos pedían el regreso del joven con vida.
A las horas, familiares y amigos de otros desaparecidos se sumaron al bloqueo, todos con pancartas de sus desaparecidos.
En su mayoría, en redes sociales los comentarios fueron en apoyo a los manifestantes, cosa que no había visto en anteriores bloqueos a la terminal aérea por otros motivos, como el conflicto de transporte turístico o reformas educativas.
Y es que una cosa es el negocio de un sector, y otra la vida de personas y el flagelo de desaparecidos que parece que cada vez más alcanza más a todos, sin importar ocupación o grupo social.
A las horas del bloqueo, llegó al lugar la autoridad.
Entonces lo que los gobernantes están acostumbrados a ver como cifras en un reporte de desaparecidos que crece, esta vez lo vieron en rostros de madres, deformados por el dolor de desconocer el paradero de un hijo.
En reclamos llorando y suplicando por atención, por avance en las investigaciones de la desaparición de sus seres queridos.
Unos desde hace 9 meses, otros poco más de un mes. Todos en la incertidumbre.
Durante la misma jornada, se supo de un cuarto joven desaparecido.
Por la noche, en redes sociales se difundió un video donde los dos jóvenes desaparecidos daban muestras de vida y se levantó el bloqueo.
El video donde los jóvenes confiesan presuntos actos delictivos, fue difundido por usuarios de redes sociales y por medios de comunicación, sin edición, sin proteger la identidad de las víctimas y sobre todo sin reparar en las condiciones en que el mensaje fue grabado, que en muchas ocasiones es bajo amenaza.
Ambos jóvenes para este martes ya se encuentran con sus familias, sus fichas de búsqueda fueron desactivadas.
Esta mañana las redes que habían mostrado empatía y apoyo a las madres manifestantes, al difundirse que los jóvenes presuntamente participaban de actos ilícitos, se transformaron en un linchamiento público, condenando a las madres que bloquearon el aeropuerto y pidiendo que se les castigue por “obstrucción a las vías federales” con varios años de prisión.
Así la empatía se convirtió en juicio, el dolor en sospecha y las víctimas en culpables.
Un día solidaridad, al otro, condena.
Pero lo que se vivió ayer fue un problema social y de seguridad que no se atendió, se dejó crecer, se ignoró y terminó por estallar.
A las autoridades, les corresponde actuar. Reconocer que las desapariciones exigen resultados, no solo presencia. Que las fichas de búsqueda no son cifras, cada una representa dolor y una familia rota.
A los medios, nos toca actuar con responsabilidad. Informar sin alimentar el morbo, sin revictimizar y sin olvidar que detrás de cada caso hay personas, no “contenido”.
Y a la sociedad, nos corresponde no perder el sentido.
No convertirnos en jueces de quienes hoy viven la desesperación, ni olvidar que nadie está exento.
Porque el problema no son los bloqueos, ni los señalamientos, ni los rumores.
El problema sigue siendo el mismo: las desapariciones.
Y como padres nos toca cuidar a nuestros hijos más que nunca.

